martes, 15 de septiembre de 2009

Espina



 

La soledad es como el óxido.  Pero el amor, el amor es ominoso.

 

El primero perdió la cabeza. La arrojo sobre mi cuerpo  con todo el peso del amor y el talento del desdeño.  Se culpo en mi pecho hasta asfixiarnos. Se voló los sesos y el alma de un solo flechazo cuando desatinaba su líquida efusión…  y yo tuve que presenciar todo eso.

Al segundo no lo recuerdo, era muy lindo y poco listo. Desesperado y sensible hasta los huesos. Yo solo saboreé.

El tercero podía oler mi miedo, podía resignarse a mi espanto y tratar sutilmente de matarme,  con tanto encanto, con tanto celo. Y hasta prender  mis pedazos acres en su peludo vientre, chuparle la sangre hasta dejarlo sin razón alguna más que el exceso.

Su manera alarmada de conquistar, su furia azul frío insinuaban mi retorcer, mi primor. Me congeló hasta el final.

 

El cuarto era el cliché pervertido con la mirada más ardiente, él tenía fuego, fuego en su torso, cielo en la espalda,  alguien tan ilegible que no podía corromper hasta obstinar, ni provocar morir. Osado como el sol, aburrido como el pop.

 

-Y el otro?

No, de ese no hablo.  De ese ……$%&”¿¡