martes, 29 de marzo de 2011

Espíritu Santo.



Soy nada si su diablo no aterriza en mi césped, soy nada si su peso no cae sobre el mío, soy nada cuando su ausencia me desluce, soy resta y no soy lo que ella aspira, pero soy al fin y al cabo el tumor de su Dios, una droga de fe, el tufo del milagro.



Se sumerge en mí cabeza como en una bañera, se ahoga en mi cabeza como si fuera un océano, luego se sienta y espera siempre que despierte, caliente como salida del infierno, alada como parida del viento. Ella espera que mi desazón se haga roca, ella espera como si la paciencia fuera un recreo, que mi instinto sea el correcto, que la luz no me deslumbré, y que el fuego sólo sea para ambas un juego fresco.



Yo requiero de ella, su divina travesura, que mi sol no la funda, que se disuelva en mi boca, y se congele en mi monte, que me condene, que me incinere y que me prometa sin piedad, que el cielo está dentro de ella.

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